
En la sala.

Al hermano con quien planearía cualquier cosa.
La tormenta que el hombre del clima fue incapaz de prever azota duramente las ventanas de una sala vacía. El frío que debió de ser un apacible bochorno veraniego cala hasta los huesos, por lo que se hace necesario encender la chimenea.
Una figura triste, casi fantasmal entra en aquella sala, la parte más deteriorada de toda la casa, lo que es decir demasiado. El techo está húmedo y tiene moho; en las paredes, los últimos vestigios de pintura de hace tantos años están terminando por desprenderse, el suelo está agrietado y una espesa capa de polvo cubre casi todo el lugar. No hay luz.
El anciano que acaba de entrar se acerca a la chimenea lentamente, arrastrando los pies; vestido con su viejo chaleco de lana, sus pantalones sin planchar, su camisa desgastada y sus sandalias que en nada lo protegen de las inclemencias del clima. Se agacha trabajosamente y enciende el fuego que arde poco a poco y cruje con gran nostalgia, como evocando los años pasados en que iluminaba grandes reuniones.
Alguien toca a la puerta.
-Por fin llegó- se dice a sí mismo, esboza una sonrisa y va a abrir.
Afuera le espera otro anciano, este viste un impermeable amarillo y porta un paraguas nuevo, al abrir la puerta se miran pero no se dicen nada, ni siquiera se saludan; el anciano de chaleco le indica con un ademán en donde está la sala y lo invita a pasar.
Es una reunión clandestina, planeada hace tantos años que se ha perdido la cuenta y aunque en la sala sólo están la chimenea y un sofá carcomido por el tiempo, no necesitan de mucho más para poder charlar a gusto.
Ambos se sientan ahí, frente al fuego que comienza a arder cada vez con más furia y con tal intensidad que amenaza con devorarlo todo.
Ahí mismo, en esa sala sin tiempo, dos amigos eternos comienzan a planear un asesinato.