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En la vereda
Caminando por la vereda, bajo los árboles dorados la encontré;
está sentada, hace crujir las hojas secas con sus manos, las suelta y se las lleva el viento.
Me acerco y le pregunto su nombre, mueve su boca y lo susurra;
no me lo dice a mí, se lo dice al viento y el viento lo trae a mi suavemente.
La miro a los ojos, en ellos hay lágrimas.
El silencio es tan grande que alcanzo a escuchar sus latidos;
su corazón suena roto y yo me conmuevo.
Caminando por la vereda, bajo los árboles dorados la encontré,
en ese mismo instante la he amado.
Caminando por la vereda voy junto a ella
y en el gran silencio se escuchan dos corazones llenos de vida.
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